El Monoambiente de Palermo

La caca en el pelo y otras cosas curiosas

Quien esté libre de rarezas que tire el primer comentario

Wellbeing, StyleJennifer Micó1 Comment

Una vez, una señora con caca de vaca en la cabeza me dijo que se estaba haciendo un tratamiento para darle más brillo a su pelo. Y no es que me lo contó por teléfono, yo misma lo vi. Cada vez que íbamos de paseo al campo, no era extraño verla con una bolsita de plástico juntando bosta y ni bien sentía una mirada prejuiciosa, aclaraba: “¡Esto es fantástico para el pelo! ¡Te juro!”

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Todos tenemos un alguien con prácticas extrañas para estar más bello y/o más saludable. Es que a veces –sea por amor, sea por costumbre- las naturalizamos. La primera vez que vi a mi prima frotándose los labios con el cepillo de dientes creí que había sufrido un ACV; ahora ya sé que lo hace para agrandárselos. O mi tía, que se cachetea para ruborizar sus mejillas.

¿Y nosotros, qué? Papá por ejemplo, se descompensó la primera vez que me vio usando el enrulador de pestañas. Una especie de tijera para apretar las pestañas que, según la perspectiva, parece que va a extraerte el globo ocular.

Para aquellos suertudos que no tienen relación con ningún tipo de práctica impracticable, Internet les da la posibilidad de estar en tema. Es sorprendente la capacidad que tienen algunos portales para poder contarnos una nueva tendencia cada día. Creo haberlo visto todo: desde mujeres con miel untada en la cara hasta señoras tatuándose las cejas. Hasta ahora, lo que más me gustó: el batido multifruta para combatir ojeras; lo que más odié: «Ducha de agua fría para mejorar el organismo».

Si existe algo peor que darse una ducha de agua fría, eso es que alguien venga y nos diga que es genial para la salud. Hace bien para la circulación, la memoria (?), la energía, la piel, para el sistema inmunológico (??), el estado de ánimo (???), la respiración. La lista es simplemente detestable. Pero solo exploté de rabia cuando descubrí una fotito con la cara sonriente del doctor que firmaba el artículo y su epígrafe: “¡Yo mismo me baño con agua fría!”

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Bueno. Claramente no estoy en condiciones de hacer comentarios contundentes; entiendo de medicina lo que el encargado de mi edificio sobre el cambio de lamparitas: sólo conocimientos básicos. Ahora bien, a mí me parece que no hay nada más lindo que un baño de agua tibia. Aunque mi memoria no sea increíblemente poderosa, mi respiración apeste y mi concepto de <<aventura>> se defina con quince escalones en subida, prefiero mantenerme así a tener que enfrentar ese chorro gélido detrás de la cortina.

Ducharse con agua fría es, como dormir en el piso, un accidente y nunca una elección. Hablar de beneficios es ponerle un poco de onda al calefón que se apagó o al colchón orinado por el gato. Nada más.

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Otro mito es el nabo hervido. Durante cuatro años, todos los sábados de 9am a 1pm, mamá hacía un curso de Tai Chi. Además de un bastón labrado y un cassette con mantras que escuchábamos todos los sábados de 1:30 pm a 4:30 pm, el maestro le daba consejos.

Llegó, entonces, mamá un día con dos bolsas cargando un total de 2 kilos de nabo. El maestro les había hablado de la magia de esta raíz: hirviéndolo, el ambiente se armoniza y comiéndoselo, el hombre se desintoxica. Viví esa experiencia y lo único que puedo decir es que si me desintoxicó, fue porque mientras hervía, despedía un tufo tan espantoso que me hizo vomitar hasta por el ombligo.

¿Qué viene después? ¿Qué tan extremas van a volverse estas prácticas? ¿Serán pura tendencia o esto va para largo? No lo sabemos y no tiene mucho sentido pensar sobre eso. Lo cierto es que así como hoy me impacto con las <<hamburguesas de lentejas>> y la propaganda de la mujer con cables que le zarandean los muslos, hubo quien una vez sintió curiosidad al ver a la abuela tironeando la espalda de su primo empachado.