El Monoambiente de Palermo

La caca en el pelo y otras cosas curiosas

Lenguas vivas

jennifer micóComment

Mamá empezó a estudiar chino. Me había contado sus ganas de hacerlo y siempre lo pensé como un plan "algún día". Va tres semanas de cursada, forma oraciones como "yo no ocupado" y sabe que la "b" se pronuncia "p". Frases como "estás hablando chino", los ideogramas y Jackie Chan nos hacen pensar que aprenderlo es algo complicadísimo. Pero, ¿qué tan difícil puede ser una lengua sin verbos? El chino no los tiene y solo por no tener el problema del subjuntivo me parece piola.

Los mejores cursos de idioma son mucho más que gramática. Una profesora de francés me dio de comer carne de caballo y un profesor de italiano me enseñaba recetas de tortas que hacían las mujeres en época de guerra. Lo del caballo, fue la experiencia más cercana de masticar una silla para exteriores; lo de las tortas, se justificaba para aprender vocabulario: los ingredientes pueden ser básicamente cualquier cosa no muy tóxica dando vueltas por ahí.

El otro día, vi un libro de español como lengua extranjera. Recomiendo la experiencia para todos los hispanohablantes curiosos de saber cómo nos perciben quienes quieren aprender a hablar español. Esta edición tenía una tapa amarilla y roja, decía "Español de España y Latinoamérica" y, entre los pronombres desparramados que formaban parte del diseño, había uno que decía "quando". En el primer diálogo, Gonzalo (madrileño) conocía a Elena (ucraniana). No sé si lo hacen por cuestiones pedagógicas o porque en sus propias vidas los autores suelen actuar así, pero a mí hay algo que me sigue fascinando: dos perfectos desconocidos, un local y un extranjero, se ven, se saludan, el extranjero se presenta deletreando su nombre e inmediatamente después quedan en una cita.

Así les ocurrió a Gonzalo y a Elena. Mientras cenaban:

Gonzalo:- ¿Qué quieres comer, Elena?

Elena:- No sé qué quiero comer yo, Gonzalo.

G:- ¿Quieres probar mi plato favorito?

E:- Sí, Gonzalo, yo quiero probar tu plato favorito.

G:- ¡Qué guay, Elena! Mi plato favorito es pescado con ensalada. La ensalada lleva tomate, alcachofas, zanahoria, cebolla, ají morrón, huevo duro, zumo de limón y aceite de oliva. ¿Te apetece?

E:- ¡Sí, Gonzalo! ¡Me apetece este plato!

(Luego de comer)

G:- Oye... ¿y tienes novio?

E:- No, no tengo novio. Tengo esposo

G:- ¡Qué pena! ¡Porque eres guapa!

 

¿Qué tipo de respuesta esperaba Gonzalo? Primera cita, todavía con olor a pescado y terminando de masticar el ají morrón, le pregunta a la pobre Elena si tiene novio. Ella, la misma que en la página anterior había aprendido a deletrear su nombre, a sorpresa de todos los lectores, entiende la pregunta y le para el carro a Gonzalo.

En el Mundo hacen falta Elenas. Todos sabemos que para aprender bien un idioma nada hay como instalarse en el país donde se lo escucha y se lo lee. Hay países en los que es posible llegar sin saber nada académicamente consistente y manejarse sin grandes problemas (el tío de un amigo vacaciona seguido en Brasil y sigue diciendo "virgao" en lugar de "brigado").

La parte de conocimientos culturales llega después. Como en Bangkok.

Era domingo, dos y media de la tarde. Horario de siesta, calle vacía. El primer movimiento que podía ver desde que salí del edificio, era un grupo de personas a unos cuarenta metros. Cuando llegué donde estaba la gente, un niño de unos ocho años se me acercó con su pistola de agua y me tiró en la panza. No sabía cómo reaccionar. Me reí y seguí caminando cuando un muchacho, ya cerca de los treinta y pico, me tiró un balde de agua fría - muy fría - entre la espalda y la mochila.

¡Feliz Songkran, feliz año nuevo!

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La tradición dice que el agua lava los males y, mezclada con talco o hierbas, bendice. La mayoría de los ciudadanos te mojan con buena onda. Es más, agradecen cuando les devolvés el gesto. Por supuesto, también están quienes se olvidan de toda la carga religiosa y lo viven simplemente como un carnaval.

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Aunque Bangkok es conocida por sus templos, hay manifestaciones paganas que es necesario encontrar. En un rincón de la ciudad, hay un árbol muy grande, decorado con cintas y rodeado de esculturas de penes.

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Es el lugar al que llegan mujeres que tienen dificultades para quedar embarazadas y regresan tiempo después para agradecer la posibilidad de concebir. No soy lo suficientemente madura para decir que no me causó ni un poco de risa. Pero pasado el momento de los chistes, es posible empezar a sentir un aire verdaderamente místico.

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Sé que el final de este post es cualquiera y no tiene que ver con nada. Es un llamado de solidaridad a voluntarios que quieran participar de una experiencia pequeña, de un día de duración. Nadie saldrá lastimado ni con un tercer brazo en el estómago. Prometido. Yo misma lo hice y me divertí un rato. Los interesados buena onda, hagan una señal!! Gracias!! :):):):)